viernes, 11 de noviembre de 2011

Protesta legítima, transformadora y ¿efectiva?

Por: Stiven Loaiza
Estudiante del pregrado en Comunicación Audiovisual y Multimedial

La actual coyuntura, producto no solo de un proyecto de reforma a la Ley 30, sino de todo un cumulo histórico de problemáticas educativas y sociales en el país, genera unas condiciones desfavorables para el gobierno de turno, pues el status quo que debe mantener y ostentar para seguir oprimiendo sin que el pueblo se levante está siendo puesto en discusión, y las fisuras y fallas del sistema cada vez son más notorias.

Estas situaciones están muy ligadas a la crisis mundial, en que el potencial económico del imperio estadounidense está en declive, y por ende su ideología también comienza a tambalear. El sostenimiento del aparato militar en Colombia, sin el apoyo del Plan Colombia que financiaba Estados Unidos, se hace cada vez más complejo; los recursos destinados para esto y para el pago de la deuda externa dejan en evidente desfalco a la nación, optando así el Gobierno por recortar recursos para salud, educación y bienestar en general, además del incremento sutil y periódico de los impuestos, como el de la gasolina por ejemplo.

Se podría pensar que toda esta coyuntura justifica cualquier acción de protesta, inclusive la violenta, debido a que el contexto actual es injusto, precario y desfavorable. Este análisis debe hacerse más profundo y teniendo en cuenta la historia, porque estas situaciones son constantes y cada vez más fuertes; por lo tanto, es necesario ver que casi medio siglo de la reciente historia colombiana ha estado marcado por la violencia, y que esta obedece a una guerra no solo militar, sino política, económica y social, en que todo un pueblo reclama equidad y justicia, manifestándose de diferentes formas desarticuladas, lamentablemente.

Desde esta perspectiva, consideramos más que legítima la protesta social. Su papel transformador es innegable; sin embargo, aunque estas manifestaciones históricas han marcado grandes hitos y cambiado el curso del país, no han logrado un cambio estructural a favor del pueblo y en contra de los monopolios viles y miserables. Podríamos embarcarnos en la vieja discusión sobre reformismo y cambio estructural para darle desarrollo a este tema, pero es deseable saber por qué el reformismo histórico en Colombia no ha sido efectivo y por qué no ha transgredido a un cambio estructural.

Nuestro país ha sido un escenario muy complejo para el desarrollo político-económico. A mediados del siglo pasado en pleno auge de la Revolución Cubana y en pleno avance de la URSS se comenzaron a configurar estructuras organizadas en Colombia con el fin de acabar la explotación y el saqueo, a la vez que se proponía un nuevo modelo adecuado a las necesidades de la población de ese entonces, anteponiendo la dignidad humana y la justicia sobre cualquier otro factor de desarrollo. Todo este proceso empezó a calar en la población y la burguesía también comenzó su ataque. En ese sentido, vemos un gran comienzo por las vías de la transformación estructural, que se concebía como la toma del poder por la vía armada; una transición del modelo actual hacia un nuevo modelo, en el que la educación tiene un papel esencial en el desarrollo integral de los seres humanos.

El conflicto por ese cambio radical fue arduo y lo sigue siendo, al punto de que los conflictos estén cercanos de llevar medio siglo o más. Los procesos por reformas han tenido grandes efectos, aunque la maquinaria militar e ideológica del capitalismo logra menguar estos avances, en gran medida gracias a la concepción coyunturalista de los colombianos, que luchan por algo, lo ganan o pierden y se olvidan de todas las otras problemáticas que aquejan al país, situación que termina siendo poco efectiva. Los procesos reformistas que se deben sostener, sin ser este el único fin, han estado desarticulados entre sí mismos y con las ideas radicales, cuando por el contrario estas corrientes deberían ir juntas, unidas por la transformación social en general.

Es importante resaltar la necesidad no solo actual sino histórica de la unidad entre las diferentes formas de lucha, además de sostener la ardua pelea y no quedar satisfechos con logros importantes, que en un contexto general de país son pocos. En ese sentido el movimiento estudiantil ha sido débil y, a pesar de contar en estos momentos con un buen apoyo de la población, no ha logrado establecer unión verdadera y duradera con los demás sectores que componen la sociedad, además de la falta de procesos políticos y formativos que fundamenten la necesidad de seguir en pie de lucha por transformaciones no solo educativas, sino que apunten a una construcción colectiva, que le otorgue el poder al pueblo y no a los mismos explotadores. Si el auge de esta reforma se queda solo en eso, en auge, los estudiantes no cumplimos una labor acorde a nuestros compromisos de retribuir a la sociedad.

“Adelante compañeros, dispuestos a resistir, aunque nos cueste la vida o aunque nos cueste morir.” Fragmento del himno de la Guardia Indígena.

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